A muchas mamás nos gusta amamantar a nuestros hijos y tenemos la dicha que logramos producir una buena cantidad de leche materna.
Luego de tener a tu bebé, logras superar los primeros días de lactancia, los cuales a muchas se les dificulta pues no logran encontrar un buen agarre, o el bebé les hiere el pezón, y ya cuando piensas que todo va bien, tu bebé comienza con mucho cólicos y a regresar mucha leche, como una especie de reflujo. ¿Qué pasa? Tu doctor te dice “tu bebé tiene intolerancia a la lactosa”. ¿Cómo es posible que tu bebé sea alérgico a tu propia leche? ¿Me va a tocar parar de darle pecho y comenzar con fórmula? ¿Será algo que comi yo lo que le está afectando? En fin, miles de preguntas vienen a tu mente.
Esto fue lo que me pasó a mi con mi segundo hijo Julián. A la semana de nacido, comencé a observar que después de cada comida me devolvía leche y pasaba inquieto, pujando mucho y sin poder dormir bien. Le realicé un examen de heces para descartar la intolerancia a la lactosa y el examen salió dudoso. Asi que el doctor tomó la decisión de eliminar todo tipo de lácteos de mi dieta para poder descartar alguna alergia. Al principio casi me da un infarto ya que soy fiel amante de los quesos y en los últimos meses de embarazo me había dado por tomarme un vaso de leche antes de acostarme (leche deslactosada). 
Comencé con mi dieta lactose-free y a medida que los días pasaban, más me dolía no poder comer queso. Todas las comidas ricas en este mundo llevan algún tipo de lácteos . Ya sea postres, con el dulce de leche, o salado con las cremas y quesos. Si me costó al principio pero poco a poco me fui acostumbrando a comer sin lácteos.
Además de quitarme los lácteos, a Julián le dejaron varias medicinas para ayudarle con los cólicos y reflujos.
Para mi era todo nuevo ya que mi primer hijo Lucas, no había sufrido de esto. Me tocó inclusive inclinarle el colchón de la cuna para que durmiera mejor por las noches. Me mojaba una gran cantidad de mantillas de toda la leche que me devolvía. Se despertaba muy seguido y cuando le daba de comer, costaba mucho q sacara el aire y en ocasiones lloraba mucho porque le dolía el estomago de no poder expulsarlo. Podíamos pasar por veces 1 a 2 horas intentando calmarlo para sacarle el aire. Eran momentos bien estresantes ya que no paraba de llorar y su llanto reflejaba mucho dolor y desesperación. Al no saber como calmarlo me desesperaba yo y eso era peor ya que le transmitía mi angustia. Sentía impotencia al no poder ayudarle a calmar su dolor.
Además de todo lo que el doctor me había recetado, una prima de mi esposo me recomendó unas ampolletas buenísimas que ayudaban a que expulsara el aire con mayor facilidad y a que se le calmara el dolor. Me las dio y cuando se las di a Julián era impresionante como lo calmaban, inclusive mande a pedir más a Estados Unidos.

Esta semana cumple 3 meses y todo ha ido mejorando poco a poco. Ha sido distinto de cuando tuve a Lucas, pero como dicen, cada hijo es diferente y no se puede comparar. Gracias a Dios Julián ya durmió varios días de corrido de 7:30pm hasta las 6:30am. Ya logramos ver la luz al final del tunel. Espero que así continúe y podamos dejar esta etapa de reflujos y cólicos en el pasado.








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