Esa frase me la dijeron esta semana… otra vez. Y no saben lo que duele.
Este verano ha sido un torbellino: entre el trabajo, las tareas de la casa y mis hijos de vacaciones, metidos en casa sin hacer “nada”.
Y lo pongo entre comillas porque, aunque yo sienta que no están haciendo gran cosa, ellos han sido felices. Felices viendo tele, jugando con los vecinos, construyendo fuertes con cojines, comiendo cereal como que fuera desayuno todo el día.
Yo, en cambio, me he sentido cansada, frustrada, culpable y desbordada. Porque mientras ellos ríen, yo estoy al borde de un colapso. Porque en mi cabeza retumba la idea de que “debería estar llevándolos a pasear”, “debería hacerles actividades entretenidas con ellos”, “debería aprovechar que están en casa para compartir más”.
Pero no me da. Necesito un break. Necesito descansar.
Y en lugar de eso, muchas veces saco mi frustración del trabajo con ellos. Y no tienen la culpa. Me enojo porque no quieren comer, bañarse o no quieren dejar las pantallas. Me enojo porque yo misma no tengo energía para ofrecerles otra cosa. Y en el fondo me enojo conmigo.
Lo que más me cuesta es que ellos no me reclaman nada. La única que se castiga soy yo.Ellos están bien. Son niños felices. Y a veces necesito recordármelo.
Ya casi regresan a clases, y aunque parte de mí lo agradece porque volveremos a cierta rutina, otra parte siente un nudo en el estómago. Porque este verano se fue volando y siento que no hice nada con ellos. Porque crecen muy rápido. Porque me hubiera gustado tener más tiempo (y más energía) para simplemente estar con ellos, sin apuros ni pendientes.Ser mamá que trabaja es vivir en una cuerda floja entre el amor y la culpa.
Y aunque no tengo todas las respuestas, hoy quería escribir esto para soltar un poco y decirme y decirte, si te pasa lo mismo: lo estamos haciendo bien.








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